Hay una pregunta que nadie hace en voz alta: ¿para qué sirve leer un libro que no te va a cambiar la vida?
La respuesta incomoda: no sirve para nada.
Y lo que no sirve para nada no merece tiempo.
El tiempo es lo único que realmente escasea, así que hay que gestionarlo, optimizarlo, invertirlo en cosas que rindan.
Esta lógica ha ganado.
No por imposición: por consenso silencioso, gradual, casi imperceptible.
Y ha ganado en el único territorio donde no debería haber entrado nunca.
La escena es siempre la misma. Abro un libro sin objetivo concreto. A los diez minutos, la mano se va sola al móvil. No por interés. Por incomodidad.
Esa incomodidad es el tema de este texto.
Aristóteles tenía una palabra para el tiempo sin propósito: scholē. La traducimos como ocio, pero la traducción traiciona.