Escribo esto y ya ocurrió. Lo lees y ya lo cambió todo. No hay secuencia posible entre ambos actos que no sea irreversible: tu tiempo y el mío se cruzaron en esta línea, y ninguno de los dos saldrá igual de aquí.
Eso no es metáfora. Es la única ontología que me interesa discutir.
Todo lo que tiene que ser, ya es. Constantemente. El instante en que esto se escribió existe con la misma densidad que el instante en que tú lo lees. Y los dos son reales, y los dos se modifican mutuamente aunque estén separados por días, años, o por el olvido de alguien que nunca llegará a esta línea.
Medio siglo de vida enseña pocas certezas y muchas preguntas que ya no necesitan respuesta. No levanto banderas. Las levanté. Y cuando cayeron descubrí algo que no esperaba: no pesaban nada. Nunca pesaron. Lo que parecía carga era volumen, ocupación, ruido propio. Y lo que dejaron al caer no fue derrota ni cicatriz. Fue libertad. Eso no se entiende antes. Solo después, cuando caen. Siempre caen.
Critico el circo. También formo parte de él. Esa contradicción no me avergüenza: me define. Pero criticar en su sentido verdadero no es condenar. Es lo que los griegos llamaban krínein: separar, discernir, hacer inteligible. En Diverbia hago eso.
Por eso están aquí Séneca, Hipatia, Montaigne, Tocqueville, Christine de Pizan. No porque sean clásicos. Porque tienen algo que decir que el presente no ha sabido decirse solo.
No son mis ideas. Son las de los libros que leí y, sobre todo, las de los que aún no leí. Las de mis padres. Las de mis hijos. Las de los antagonismos que te forjan más que los acuerdos.
Un texto no pertenece a quien lo escribe. Pertenece a quien lo activa.
Soy el editor. Decido qué se publica y qué no. El resto lo hacen los textos.
Seba Miguens Márquez