Decías que no tenías tiempo. Lo entiendo. Es la explicación más cómoda: alguien o algo te lo tomó. El trabajo. La agenda. El mundo que no para. Cuando el tiempo desaparece sin haber sido vivido, preferimos la figura del robo a la del regalo. El ladrón nos deja inocentes. El que regala, culpable.
Pero nadie te robó nada.
Hubo atención, y la cediste. Hubo horas, y las llenaste con lo que no habías elegido llenarlas. Hay una diferencia entre el tiempo que se pierde por distracción y el que se entrega por hábito. El primero ocurre. El segundo se construye, lentamente, hasta que ya no parece decisión sino condición.