Décadas de escritura sobre uno mismo no producen certeza sobre quién se es. No lo decimos como concesión a la humildad. Lo decimos como descripción del método. Escribir sobre uno mismo no produce un retrato: produce una serie de tentativas contradictorias que, juntas, se aproximan a algo verdadero precisamente porque ninguna lo captura del todo. La verdad sobre un hombre no cabe en una imagen. Cabe, a duras penas, en la tensión entre todas las imágenes que se niegan entre sí.
Eso es lo que hace el examen honesto. Eso es lo que no hace el perfil.
Se puede observar — con la misma curiosidad con que uno observa sus propias contradicciones — la manera en que los hombres construyen hoy su imagen pública. No en los salones, no en las cartas, no en los libros — en esos tablones luminosos que condensan una vida en una secuencia de instantes seleccionados. El mecanismo es sencillo: se elige lo que se muestra, se muestra lo que favorece, se repite lo que recibe aprobación, se suprime lo que no la recibe. Al cabo de un tiempo, hay un retrato. Coherente, pulido, reconocible.
Y completamente falso.
No falso porque mienta. Falso porque ha eliminado el único proceso que produce conocimiento real de uno mismo: la fricción con lo que no se quería encontrar.