Crees que piensas. Lo que haces, casi siempre, es elegir entre lo que otros han pensado por ti y llamar a esa elección criterio propio. No es lo mismo. La diferencia importa, aunque sea incómoda de examinar.
Observa cómo se forma lo que llamas una opinión. Hay un tema. Hay una reacción inmediata, construida sobre lo que ya sabías antes de que el tema apareciera. Hay una búsqueda rápida de confirmación — no de información, de confirmación — en las fuentes que habitualmente te la proporcionan. Y hay un momento en que eso se solidifica en posición. Todo el proceso dura minutos. A veces segundos.
A eso lo llamas tener criterio.
El problema no es que te equivoques. Equivocarse es inevitable y en ocasiones fértil. El problema es la velocidad. El pensamiento genuino es lento no porque sea torpe sino porque requiere resistencia: el contacto sostenido con lo que contradice lo que ya creías, la voluntad de no resolver la incomodidad antes de haberla examinado. Lo que ocurre en segundos no es pensamiento. Es reconocimiento — la satisfacción de encontrar en el mundo exterior lo que ya estaba en el interior.