No te distraes porque el mundo sea ruidoso. El mundo siempre fue ruidoso. Te distraes porque el silencio exige algo que el ruido te ahorra: enfrentarte a lo que sabes y no quieres examinar.
Eso no es debilidad. Es una decisión. Tomarla sin reconocerla como tal es el único error que no tiene excusa.
Observa el mecanismo con honestidad. Cuando abres algo sin haberlo elegido, cuando saltas de una cosa a la siguiente sin terminar ninguna, cuando llevas una hora consumiendo lo que no buscabas — en ningún momento te obligaron. Hubo un impulso, y lo seguiste. Hubo una incomodidad previa, y la evitaste. La distracción no llegó a buscarte. Tú fuiste a buscarla, con la eficiencia silenciosa de quien sabe exactamente dónde está la salida aunque nunca la haya trazado en un mapa.