Toda época tiene un canon. No siempre escrito, no siempre declarado, pero operativo: un conjunto de obras, autores y problemas que cuentan como referencia legítima, y un conjunto mayor, siempre mayor, de obras, autores y problemas que no cuentan. La distinción no se presenta como decisión. Se presenta como evidencia. Lo que está dentro parece estar dentro por méritos propios. Lo que está fuera parece estar fuera por ausencia de ellos.
Esa presentación es la operación que me interesa examinar.
Porque el canon no se produce solo. Requiere instituciones que lo certifiquen, críticos que lo legitimen, editoriales que lo reproduzcan, planes de estudio que lo transmitan como si fuera la herencia natural de la inteligencia humana. Requiere, sobre todo, que nadie pregunte quién tomó las decisiones iniciales, en qué condiciones, con qué criterios y en beneficio de qué intereses.