Existe una forma de dominación que los pueblos libres no reconocen como tal porque no se parece a ninguna de las que aprendieron a temer. No hay decreto, no hay guardia, no hay confiscación visible. Hay, en su lugar, una comodidad creciente, una serie de pequeñas asistencias que el individuo acepta una a una, cada una razonable, ninguna decisiva, hasta que el conjunto ha producido un efecto que ninguna de las partes, tomada por separado, habría justificado.
Esto no es una posibilidad futura. Es una descripción del presente.
Lo que me ocupó durante años fue la pregunta de cómo una sociedad de hombres formalmente libres podía producir su propia servidumbre sin coerción exterior. Encontré parte de la respuesta en América. La encuentro completa aquí.
El individuo contemporáneo dispone de más información que cualquier hombre en cualquier época anterior. Dispone también de instrumentos para acceder a ella en cualquier momento y desde cualquier lugar. Esto debería producir ciudadanos más autónomos, más críticos, más capaces de gobernar sus propias opiniones. Lo que produce, con frecuencia, es lo contrario: individuos que delegan en el instrumento la selección de lo que merece atención, la jerarquía de lo que importa, el recorte de lo que existe.
La delegación es voluntaria. Eso es lo que la hace interesante.
Nadie obliga al individuo democrático a entregar su juicio al mecanismo. Lo entrega porque el mecanismo es más eficiente que él. Porque le ahorra el trabajo de decidir qué leer, qué creer, con qué indignarse y en qué medida. Y en una sociedad donde el tiempo es escaso y las demandas son muchas, la eficiencia es el argumento que cierra todas las discusiones.