Se dice que la máquina replica y el hombre imagina. Es una distinción cómoda. Por eso conviene examinarla antes de usarla como argumento.
La máquina procesa patrones. Toma lo que existe, encuentra la estructura que lo organiza, produce variaciones dentro de esa estructura. No inventa: recombina. Su producto es estadístico — el resultado más probable dada la distribución de lo que ya había. Eso es cierto, hasta donde llega.
Lo que no se examina es la pregunta que esa descripción genera: ¿en qué se diferencia de lo que ocurre en la mayor parte del pensamiento humano?
Cuando un hombre forma una opinión, ¿con qué frecuencia parte de premisas que no eligió, recorre caminos trazados por lo que leyó, lo que le enseñaron, lo que su entorno considera evidente? Cuando produce algo que llama original, ¿qué parte de esa originalidad resiste el análisis de sus componentes? ¿Cuánto de lo que llama imaginación es reconocimiento de patrones suficientemente distantes para no parecer copia?